Hablando de sexo con los hijos: ¿ellos saben más que nosotros?

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Hablando de sexo con los hijos
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Desde no decir nada y dejar que la escuela lo diga todo, hasta atreverse a mantener un diálogo franco con los hijos en temas de sexualidad, los padres pueden transitar diferentes opciones. ¿Qué es lo mejor para ellos? ¿Podemos aún hoy día, aportarles cosas que todavía no sepan?  ¿O ellos podrían enseñarnos a nosotros?

Doctora Literat, ¿realmente los jóvenes saben tanto sobre sexualidad?

Creo que la cuestión no es cuánto saben sino qué pueden hacer con la información que poseen. Muchos padres mencionan en las consultas que sus hijos saben “todo lo que hay que saber” pero reconocen que ellos han tenido muy poco que ver con este conocimiento, de manera que no están al tanto de lo que sus hijos “saben”.  Los padres simplemente confían en que con la abundancia de información sobre temas de sexualidad, infinitamente más de lo que su generación recibió a esa edad, tendrán muchos problemas resueltos, pero desconocen que, para proveer una vida plena y satisfactoria, el conocimiento sexual tiene otros aspectos, más allá de las técnicas, posiciones, juguetes sexuales y la desinhibición  en la expresión verbal y corporal.

Sin embargo, doctora, desconocer esas cosas que usted nombra, es lo que inhibió y condicionó la sexualidad de la generación de los padres.

En un aspecto, esto es verdad, aunque este tipo de conocimiento, que muchos jóvenes sí poseen hoy día, tampoco les garantiza la felicidad, a juzgar por la cantidad de consultas de personas jóvenes que se reciben diariamente.

Entonces ¿qué otras cosas deberían los padres aportar a sus hijos?

Lo que esta generación necesita, no es que los padres les cuenten sus experiencias personales, sino que les enseñen a ver a la sexualidad como un recurso muy poderoso para enriquecer un vínculo amoroso, al igual que una buena comunicación.

La actividad sexual, ahora es más accesible y fácil, pero, al considerarse muchas veces un pasatiempo, un desahogo hormonal ó una expresión afectiva instintiva, transitoria y sin ningún compromiso hacia la otra persona, termina volviéndose una actividad para la propia satisfacción del ego.

¿Podría ampliar este aspecto, doctora?

Varias veces mencioné en otras notas, un cuadro clínico sexológico que se llama “ansiedad por el propio desempeño”, bastante común en los hombres, que se evidencia por pérdida parcial de la erección, eyaculación anticipada ó diferida y en las mujeres por dificultad para lograr la lubricación y el clímax; a veces hasta produce disminución de la libido. Esta ansiedad se produce porque el varón ó la mujer, quieren que en su desempeño sexual les pongan un diez felicitado y la idea de que el o la compañera sexual no califiquen a su desempeño como excelente, los abruma. Ese temor a no estar a la altura, provoca estrés y disminución en la magnitud de la respuesta sexual fisiológica, la cual termina realmente en “no estar a la altura”, por los nervios y la ansiedad preexistentes. En ningún momento se considera al compañero/a como un ser humano comprensivo, considerado, amoroso, que puede aceptar los eventuales  altibajos; lo que preocupa es obtener el mejor puntaje sexual y esto es una manifestación de que, lo que interesa, es el propio ego. En muchos casos se prioriza tener sexo innovador y sofisticado, a los sentimientos que deberían ser el motivo de la sexualidad. Creo que allí los padres pueden prevenir que los jóvenes de esta generación,  inconscientemente consideren el acto sexual mismo, más importante que a la persona con la cual lo realizan.

¿Pero acaso no sucede esto porque la otra persona demanda esa “perfección” en el desempeño?

Cuando se pretende iniciar un vínculo hoy día, apenas las personas se dan tiempo de investigarse, de explorarse y de conocer cómo son sus personalidades; hay una urgencia en ir primero a la cama. Esto produce una gran inseguridad ya que son prácticamente desconocidos, de manera que cada uno puede imaginar cualquier cosa respecto del otro sin conocerlo a ciencia cierta.

¿Qué deben hacer los padres?

En este punto es donde los padres pueden reflexionar con sus hijos sobre la conveniencia de ser más precavidos en las elecciones de pareja, dándose tiempo para iniciar el conocimiento del otro a través del análisis de su personalidad, para que los sentimientos que broten sean una genuina consecuencia del agrado y del aprecio al otro. Los padres tienen que enseñar a sus hijos a ejercitar la espera prudente e inteligente, para que la impulsividad no los perjudique. Esto no significa dejar de ser espontáneos, significa aprender a no tirarse de cabeza en aguas desconocidas. Si los padres pueden tan solo lograr que sus hijos reflexionen y tomen decisiones en base a esta pauta, podríamos decir que les han aportado una gran enseñanza sexual.