Le dieron 6 meses de vida y sobrevivió gracias a un entrenamiento “casi militar”

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Charlie Tozzi tuvo leucemia. Tenía pocas chances de salvarse pero su hermano pudo donarle médula. El tratamiento “fue un infierno” pero “una especie de colimba acuática” que había hecho antes de enfermarse le salvó la vida.

Charlie Tozzi recuerda con nitidez dos momentos en la línea de tiempo de su vida. Uno, a los 10 años, mientras estaba de vacaciones con su familia en Miramar. Dice que alguien le prestó una tabla de surf, que se subió y que ahí mismo, sobre el mar, entendió que nunca iba a ser un hombre de ciudad. El otro momento es cerca de los 30 años, cuando miró hacia atrás y vio que estaba haciendo con su vida todo lo contrario: vivía en Capital y trabajaba como vendedor de seguros, de traje oscuro y maletín, en el microcentro porteño.

“Hasta los 30 años fui un tipo que hizo todo lo que le decían que tenía que hacer. Nací en una familia cheta y mi viejo fue muchos años presidente de la Unión Argentina de Rugby. Entonces, aunque a mí me apasionaba el surf, jugar al rugby y trabajar en el centro era casi como una imposición”.

Charlie (48) fue vendedor de seguros de vida en una multinacional, trabajó en una agencia de turismo pero, cada tanto, abandonaba todo y se iba: a vivir a Estados Unidos, a vivir a Italia. “Siempre volvía pero con una mano atrás y otra adelante”. Puso una pizzería en Belgrano y la cerró cuando empezó a endeudarse. Comenzó una relación y la terminó cuando asumió que “no podía ni mantenerme ni a mí mismo”.

Lo que siguió fue una caída libre a un pozo depresivo. “En ese entonces yo vendía bombachas y corpiños. Era un loser aunque a la vista parecía un winner“. Estaba “re podrido” y fue en ese contexto que tomó lo que fue, dice, “la mejor decisión de mi vida”. “Me anoté en el curso de guardavidas en una de las dos mejores escuelas del país. Como trabajaba de día, iba de noche. Fue como una colimba acuática, una paliza salvaje. Era un entrenamiento casi militar, parecía que estaba entrenando para enfrentar a los marines“.

“Imaginate en invierno, con dos grados y el viento helado cortándote la cara. Salía a correr con ese frío tres veces por semana, hacíamos dos días de salvamento y tres días a la semana de perfeccionamiento de técnicas de natación. Y me acuerdo que una noche, mientras iba corriendo por el Parque Chacabuco cagado de frío, empecé a pensar: ‘Podría estar en casa, calentito, mirando la tele, ¿qué mierda estoy haciendo acá? La respuesta a esa pregunta apareció un año después”.

En noviembre de 2005, Charlie empezó a sentirse agotado. Tres días antes de Navidad se le hinchó una rodilla, “tanto, que parecía una pelota de fútbol”. Como estaba operado de esa rodilla, abrieron creyendo que era una artritis séptica. “Pero no. Me hicieron todo tipo de análisis y no sabían qué era. Hasta que un día vino la médica y me dijo: ‘bueno, te tenemos que punzar la médula para descartar lo peor. ¿Qué es lo peor?, le pregunté. ‘Leucemia’, me contestó”. Era, efectivamente, leucemia: “Cuando entré a la clínica, ya tenía comprometida entre un 60 y un 90% de la médula. Me dieron entre 3 y 6 meses de vida. Necesitaba un trasplante de médula urgente o me moría”.

Durante su internación en Fundaleu. Entró con una rodilla hinchada y le dijeron que tenía leucemia.

Durante su internación en Fundaleu. Entró con una rodilla hinchada y le dijeron que tenía leucemia.

Sin embargo, en medio del sismo familiar, ocurrió algo, “una mezcla de azar y de milagro”. “Los médicos me dijeron que necesitaba que uno de mis hermanos fuera compatible conmigo para poder donarme médula. Pero me advirtieron que las posibilidades de que alguno lo fuera eran sólo del 30%. En ese momento, yo tenía un compañero de piso internado que tenía cinco hermanos y ni uno era compatible. Y resulta que de mis tres hermanos, había dos que me podían ayudar”. Fue su hermano mayor, Eduardo, quien finalmente le donó médula. Su cuerpo no la rechazó.

Semana Santa: los hermanos, Eduardo, Virginia, Marina y Charlie, juntos en su casa de Miramar.

Semana Santa: los hermanos, Eduardo, Virginia, Marina y Charlie, juntos en su casa de Miramar.

Fueron tres internaciones, de un mes cada una. “Cada internación fue un bombardeo de quimioterapia, un descanso y otra vez con todo. Un infierno de dolores imposibles de describir”. Le dieron el alta y creyó que el mérito estaba en haber atravesado esa ola. Pero todavía faltaban más.

Pasé a tomar 25 pastillas por día, entre anticancerígenos, protectores gástricos, calcio, leucovorina y altísimas dosis de corticoides “que te curan pero por otro lado te destruyen. Se me disparó una diabetes insulinodependiente y, dos años después, cuando me estudiaron para ver por qué tenía tanto dolor en el cuerpo, vieron que tenía los huesos de las caderas y de los hombros destrozados. Así que me tuvieron que reemplazar la cadera y poner unos arpones en el hombro. Y recién ahí empecé a entender aquella pregunta que me había hecho mientras corría cagado de frío por Parque Chacabuco”.

Charlie entendió que “nunca había querido ser guardavidas, lo que quería era ver hasta dónde era capaz de llegar. Y lo que estaba haciendo con ese entrenamiento era preparar mi cuerpo para sobrevivir a la paliza que venía con la leucemia. Sin esa confianza que me dio el entrenamiento, esa certeza de ‘yo puedo lograr lo que quiera’, no la pasaba. Los que hacen deporte lo saben. Yo lo aprendí haciendo fondo, nadando sin parar nunca durante 45 minutos. Había un momento en que no daba más, sentía que me moría. Pero justo ahí hay una barrera que se rompe: si no abandonás en ese momento, seguís”.

Charlie lo cuenta ahora que está de cumpleaños. El jueves celebró los 11 años de su trasplante, “que para alguien que pasa por algo así es su segundo nacimiento”, cuenta Marina Tozzi, su hermana. Charlie sobrevivió y sigue siendo vendedor, pero ya no vende bombachas sino ropa de surf. Y ya no habla desde el microcentro, de traje oscuro y maletín, sino desde Miramar, donde eligió vivir. Y acá es donde marca otro punto en la línea de tiempo de su vida. Ahora que está cerca de los 50 años surfea solo, todos los días, después de ver el amanecer.