Escribe Bernardo Nante es decano de la Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales de la USAL

En un cuento de la tradición sufí. leemos que cuando Nasrudín se encuentra con la Peste camino a Bagdad, esta última le dice que va a esa ciudad a matar a mil personas. Tiempo después, ambos vuelven a encontrarse y en esa ocasión, Nasrudín, muy indignado, le dice: “Me mentiste. Dijiste que matarías a mil personas y en realidad mataste a diez mil”. Ante tan grave acusación, la Peste replica de inmediato: “Yo no mentí; maté a mil, el resto se murió de miedo”.

El miedo, como sabemos, daña el cuerpo, perturba la psiquis, trastorna nuestra percepción de la realidad y, en consecuencia, desorienta nuestra acción. Más aún -y particularmente en situaciones de peligro colectivo-, el miedo se contagia y puede funcionar como una suerte de “epidemia psíquica” que agiganta los peligros temidos y promueve conductas egoístas y discriminatorias.

Colas interminables este jueves en un hipermercado de Madrid (Foto: Urzula Murza)
Colas interminables este jueves en un hipermercado de Madrid (Foto: Urzula Murza)

Por supuesto, ignoraremos las muchas teorías psicológicas del miedo y las distinciones interesantes con términos de importancia análoga; miedo, miedo, ansiedad, miedo, fobia, etc. Basta decir de manera muy general que la sensación de miedo, cuando «afecta» sin abrazar, puede ayudar a capturar el peligro, hasta el punto de que los valientes el hombre puede usar su propio poder de miedo con juicio y firmeza. Esto lo distingue de los despiadados, quienes según el Diccionario de la Real Academia son la persona «que es demasiado despiadada en peligro» y quien, como su raíz latina indica, es el que está «en la oscuridad».

Parece entonces que en una situación crítica, tanto los que poseen miedo como los que descuidan el peligro actúan ciegamente y de alguna manera agravan el escenario. Creo que la situación crítica que estamos viviendo actualmente debido a la pandemia de coronavirus requiere que cada uno de nosotros piense que nuestro desafío es cultivar el «camino intermedio» que, en este caso, al menos evita extremos de temeridad y miedo.

Para ponerlo en términos psicológicos, deberían evitarse tanto el extremo de la identificación como el extremo de la negación. La identificación consiste en ser poseído por el miedo, lo cual paraliza o promueve acciones impulsivas y ciegas. La negación lleva, en cambio, a no actuar con la prudencia y la determinación que exige el peligro que se enfrenta. Y para decirlo en términos afirmativos, se trata de actuar correctamente, con toda la prudencia del caso y atendiendo las recomendaciones autorizadas pero, a la vez, cultivando la serenidad interior.

Largas colas en los supermercados de Madrid ante el temor del desabastecimiento (Foto: Urzula Murza)
Largas colas en los supermercados de Madrid ante el temor del desabastecimiento (Foto: Urzula Murza)

Aunque el término «medio» o «medio» es budista, se puede demostrar que hay variaciones en todas las tradiciones de sabiduría. En realidad, la mitad significa cultivar la igualdad o la calma mental, que es el estado mental que nos permite discernir y evitar los extremos. Desde este punto de vista, tratar con precaución y cultivar la paz interior son dos caras de la misma moneda, porque la paz interior nos permite ver mejor y actuar en consecuencia, y de la misma manera, la acción correcta, a su vez, alimenta la paz interior.

Por supuesto, tal ideal es difícil de lograr perfectamente; En Katha Upanishad leemos: «El camino de la salvación es tan difícil de caminar como el filo de la navaja». Permítanme recordar las palabras de Jesús, Mateo 7, 14: «para superar la distancia:» porque la puerta es estrecha y el camino que conduce a la vida es estrecho y pocos son los que la encuentran. »

Así se veía un supermercado en Madrid este jueves (Foto: Urzula Murza)
Así se veía un supermercado en Madrid este jueves (Foto: Urzula Murza)

No tengo autoridad alguna para dar respuesta a esta pandemia del miedo que agrava la pandemia del coronavirus; pero acaso pueda hacerlo el gran acervo de sabiduría del pasado que con múltiples voces da cuenta de nuestra profundidad. C. G. Jung decía que los antiguos dioses, despreciados en la actualidad, se han transformado en síntomas neuróticos; Zeus ya no habita en el Olimpo sino en el plexo solar, es motivo de consulta médica y perturba a periodistas y políticos que sin saber desatan epidemias psíquicas.

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