Escribe Alvaro Peralta Coronado.

Ese lunes, los dos hijos menores de César llamaron a su mamá para decirle que papá no se sentía bien. Graciela, la ex mujer de César, estaba tomando examen a 180 kilómetros de Resistencia, y volvió para llevarlo al sanatorio. Todos -incluidas las dos hijas mayores de él- lo habían apuntalado en otros problemas de salud, especialmente durante una neumonía grave, hace 10 años, en la que habían podido entrar a visitarlo, agarrarle la mano, darle fuerzas. Ninguno imaginó que ese viaje del lunes al sanatorio iba a terminar en una despedida trunca y que se iban a quedar con las ganas de decirle “vamos, tenés que salir adelante” atoradas en la garganta.

Se dice que César Cotichelli, un ingeniero de 61 años, regresó de un viaje a Turquía, Egipto y Alemania, pero la verdad es que Alemania fue solo una parada. Lo mismo regresó a Chaco y como ya se hablaba mucho sobre el virus de la corona, decidió no ir al cumpleaños de Karina, la mayor de sus hijas, quien es madre de un niño de dos meses. La cuarentena forzada ni siquiera le permitió hoy recordar lo que podría haber sido la reunión más reciente con su padre. César había regresado fascinado por el viaje, pero su otra hija, Valeria, que es madre de un niño, no podía verlo para escuchar la historia.

César Cotichelli era ingeniero y docente. Tenía 61 años, hipertensión y antecedentes de neumonía
César Cotichelli era ingeniero y docente. Tenía 61 años, hipertensión y antecedentes de neumonía

Lo internaron esa misma noche en el Sanatorio Femechaco y mandaron a Graciela y a sus dos hijos a hacer la cuarentena a un departamento. El coronavirus todavía era una sospecha pero ya no pudieron salir, mucho menos ir a visitarlo. En el sanatorio les explicaron lo que todavía les genera angustia: todo el personal de salud que lo atendiera iba a hacerlo con barbijos, guantes y trajes de protección, por lo que César no vio manos ni caras -conocidas o desconocidas- durante sus últimos días.

“Yo seguí mandándole mensajes al celular hasta el miércoles. ¿De qué hablamos? Como no podía vistarlo nadie me preguntaba cómo estaban todos”, cuenta Graciela Cedro, su ex mujer, también ingeniera y docente como él, a Infobae. Fue la última que habló con César. Llora Graciela cuando cuenta qué fue lo último que le escribió ella: “Sacá fuerzas de donde no tengas, tus hijos te necesitan”.

En Capadocia, Turquía, en el último viaje del que acaba de volver. En la foto, junto a sus dos hijos varones.
En Capadocia, Turquía, en el último viaje del que acaba de volver. En la foto, junto a sus dos hijos varones.

Ese mismo día, fue sedado y se puso un respirador. César nunca supo que había contraído coronavirus, porque el diagnóstico llegó solo el miércoles por la tarde.

El jueves, un informe falso circuló en Chaco: decía que César había muerto. Formaba parte de la paranoia colectiva, porque César era complicado, pero estable. El viernes, sin embargo, la llamada fue oficial y provenía del propio sanatorio: César había muerto y acababa de ser el segundo en morir por coronavirus en Argentina.

Sí, estaba en el grupo de riesgo: tenía más de 60 años y tenía problemas de salud previos: neumonía grave con derrame pleural durante una década (había estado hospitalizado durante un mes), cirugía de hernia en diciembre, hipertensión.

«Una hora después, me dijeron que, según el protocolo, debería ser incinerado», continúa Graciela. «Tenía que ser rápido y sin personas, no podría haber vigilia», continúa, quien ahora celebra el décimo día de cuarentena con sus hijos, todo sin síntomas.

En Karnak, Egipto, durante el viaje en el que contrajo coronavirus
En Karnak, Egipto, durante el viaje en el que contrajo coronavirus

Buscó por teléfono una funeraria para no violar el aislamiento, pagó por Internet, lo cremaron en soledad absoluta. No sólo no pudieron visitarlo en el sanatorio o decirle algo al oído con la ilusión de que pudiera escuchar mientras estaba vivo. Tampoco pudieron abrazarse y contenerse entre ellos durante el final inevitable que suelen disimular, al menos por una horas, los velatorios.

“Los cuatro amaban a su padre. Les quedó atravesado el aliento que querían darle, poder decirle ‘papá recuperate, que te necesitamos’. Tampoco pudieron decirle ‘descansá, andate en paz’”, se apena Graciela.

Una buena película, un mal final

Se ve en Italia, en España, donde hay cientos de muertos por la pandemia y donde las despedidas truncas le aportan más drama al drama de la muerte. Una despedida protocolar, burocrática, una película buena con un mal final. “¿Lo más doloroso?”, dijo a los medios un italiano que perdió a su padre. “No poder darle un funeral. Fue muy rápido y vacío, con muy poca gente. Dos palabras del párroco y luego el entierro”. ¿Pero pudiste verlo?, preguntó el periodista: “No. Lo volveré a ver cuando yo esté muerto

César junto a sus hijos en Jerusalem, en un viaje que hicieron el año pasado.
César junto a sus hijos en Jerusalem, en un viaje que hicieron el año pasado.

En Madrid, algunos se mantuvieron despiertos, pero despertando sin gente: “He enviado docenas de mensajes de WhatsApp y SMS a sus amigos y conocidos y nadie ha entrado. Creen que si pasan aquí podrían terminar infectados, le dijo el hijo a un anciano que murió de la enfermedad al periódico El País.

Césars fue una muerte sin besos, promesas o despedidas pero en su familia entendieron que es una medida sanitaria. El tanatólogo Daniel Carunchio explica a Infobae: “El virus continúa viviendo mientras haya oxígeno del que pueda alimentarse; algunos dicen 8 horas, otros hasta 5 días. No lo sabemos, pero es cierto que el peligro aún existe. El protocolo indica que los casos verificados están sellados herméticamente y directamente a la cremación. Los no probados serán monitoreados por un máximo de tres horas, pero solo tres personas pueden ingresar ”.

Graciela compara: “Recuerdo hace diez años, cuando todavía estábamos casados, y él tenía neumonía. Todos fueron a su encuentro para animarlo: todos sus hijos, sus hermanos. Esta vez todo fue muy rápido, pero lo peor es la soledad, dice. Inmediatamente deja ese lugar: “Todos sus hijos tienen un consuelo de todos modos: saben que su padre cumplió sus deseos y quiere viajar, conocer el mundo. Eso es lo que las chicas me dicen: papá papá hizo al menos todo lo que quería. »

Las hijas más grandes de César, de un matrimonio anterior, son las madrinas de bautismo de los hermanos menores, los hijos que tuvo con Graciela.
Las hijas más grandes de César, de un matrimonio anterior, son las madrinas de bautismo de los hermanos menores, los hijos que tuvo con Graciela.

Que una situación tan particular no les haya permitido pasar las etapas de lo que se conoce como “duelo saludable” no significa que eso vaya a quedar atravesado para siempre. “En estos casos es importante saber que igual hay posibilidades de elaborar aquello que no se pudo en ese momento y reeditar algunas situaciones”, explica Aldana Di Costanzo, psicóloga especialista en duelos.

“Por ejemplo, pueden escribir una carta con todo lo que le hubiesen querido decir, organizar una ceremonia simbólica más adelante, hacer trabajo psicoterapéutico para poder poner en palabras. Tal vez no pudieron despedirse en el momento pero cuando se cumpla el primer aniversario o cuando sea su cumpleaños puedan organizar un ritual en su homenaje, preparar la comida que le gustaba, poner fotos de momentos compartidos. Eso también es una forma de despedirse”.

En el Río Jordan.
En el Río Jordan.

Eso es, precisamente, lo que decidieron en familia. Una vez que finalicen la cuarentena, los cinco llevarán sus cenizas a la Iglesia Evangélica Luterana,, de la que César participaba, para decirle adiós en la intimidad. Después, cuando lo peor haya pasado y las aglomeraciones vuelvan a estar permitidas, harán una ceremonia más grande, con todos los que lo querían, con la chance, ahí sí, de volver a abrazarse y decirse que todo va a estar bien.

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