Inicio Historia de la humanidad Una breve introducción a la traducción

Una breve introducción a la traducción

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En su ensayo titulado «Miseria y esplendor de la traducción», publicado por primera vez en 1937 en el diario La Nación de Buenos Aires, José Ortega y Gasset decía que traducir «es sin duda una utopía ”, lo que según él se debe a que “los esfuerzos humanos son inviables. El destino -privilegio y honor- del hombre es nunca lograr lo que se propone y ser pura simulación, una utopía viviente. derrota y antes de meterse en la lucha lleva ya una sien herida. Esto es lo que sucede en este modesto oficio que es traducir. En el orden intelectual no hay tarea más humilde. Sin embargo, termina siendo exorbitante.”

A lo largo de su erudito ensayo, sin embargo, llega cada vez más a la conclusión de que traducir no sólo es posible, sino que representa una tarea muy importante porque gracias a ella se produce en el lector una «transmigración» hacia y en el autor extranjero que está leyendo, incluso «haciendo uso de un aparato bastante irritante», como él dice.

De hecho, sabemos que el trabajo del traductor es una ocupación muy compleja. Para ganarnos la vida solemos empezar por traducir textos comerciales, jurídicos, técnicos y científicos. Teniendo en cuenta que estas utilizan una terminología «sui generis» más o menos igual en la mayoría de las lenguas occidentales, tal como también comprueba Ortega y Gasset en su ensayo, tales traducciones son más factibles cuando los autores dominan la gramática de su propia lengua, una La materia, como también saben los traductores, es realmente excepcional. Sin embargo, todo traductor desea incursionar en el campo literario y, una vez que ha probado suerte dentro de esta especialidad, cualquier otro tipo de trabajo carece de interés para él. Aunque habrá que seguir luchando con manuales técnicos, documentos comerciales y contratos legales para ganarnos el pan de cada día, aunque a veces sean interesantes y aprendamos mucho de ellos, no conozco en nuestra profesión otra satisfacción intelectual más gratificante que la de volver a un texto literario, a conocer a su autor, al esfuerzo de llegar al fondo del significado más profundo de sus palabras, y expresarlo con claridad en nuestro propio idioma sin menoscabar ni desvirtuar sus conceptos originales.

En general se sostiene que un traductor sólo debe traducir a su lengua materna. Hablamos de una «lengua de origen», que es la lengua extranjera desde la que traducimos, y de una «lengua de destino», que es nuestra propia lengua, a la que traducimos el texto extranjero. De hecho, las personas que hablan únicamente su propio idioma, sobre todo cuando tienen estudios académicos, suelen dominar a la perfección su lengua materna; conocen sus secretos más ocultos, sus variantes y los diferentes matices que puede expresar una palabra según el contexto en el que se utilice. Adquieren la lengua extranjera en la escuela o en la universidad, pero por lo general no logran dominarla activamente, pero pueden solo lo entienden de una manera pasiva que les permite leer libros especializados que necesitan consultar. Las personas que estudian un idioma extranjero a fondo y llegan a dominarlo en profundidad son muy pocas, excepto en el caso de que quieran convertirse en profesores de idiomas extranjeros o … ¡traductores! Estos se forman como profesionales bilingües, cuyo manejo de su propio idioma debe ser perfecto. Además deben tener ese conocimiento profundo del «idioma de origen». Esta es una «conditio sine qua non» para el traductor porque de lo contrario nunca podría lograr una versión fidedigna en su lengua materna.

Me gustaría volver a citar a Ortega y Gasset. Dice que el «teólogo Schleiermacher, en su ensayo ‘Sobre los diferentes métodos de traducir’ afirma que la versión es un movimiento que puede ensayarse en dos direcciones opuestas: o se lleva al autor a la lengua del lector o se lleva al lector a la lenguaje del autor». Según Ortega y Gasset, «sólo cuando sacamos al lector de sus hábitos lingüísticos y le obligamos a moverse dentro de los del autor, existe traducción real:» Según él, sólo una traducción de la obra de Platón es realmente fiel, y esa es precisamente el de Schleiermacher, «porque renunció deliberadamente a hacer una traducción que sea hermosa…», sino que conservó todos los elementos que conforman el estilo platónico para hacer una versión veraz. Por lo tanto, la traducción debe ser completa y lo más exacta y fiel posible, aunque suene feo.

Sin duda la afirmación de Ortega y Gasset de que una traducción debe ser principalmente completa y correcta, pero necesariamente fea porque pretende llevar al lector a la lengua del autor, sigue siendo más o menos válida hasta el día de hoy cuando se trata de traducciones de autores antiguos griegos y romanos, precisamente como es cierto para los textos científicos y técnicos que tienen que ser precisos, pero no necesitan ser hermosos. En las traducciones de autores clásicos griegos y romanos se produce una transmigración geográfica y temporal porque el lector debe retroceder en el tiempo e imaginar el entorno y la cultura de esos pueblos para comprender su vida y sus emprendimientos. Están muy alejados de nuestra vida y esfuerzos actuales, lo que dificulta un poco nuestra comprensión.

Sin embargo, una traducción no debe ser necesariamente fea desde el punto de vista literario como tendría que ser si se hiciera en la dirección del movimiento que Schleiermacher quiere darle. Por el contrario, es posible realizar traducciones correctas que también muestran una gran belleza al expresar las ideas del autor con la máxima fidelidad y, al mismo tiempo, adaptarlas en su forma al «idioma de destino».

En la historia de las lenguas existen varios ejemplos de grandes traducciones que han sido consideradas modelos de corrección en su respectivo idioma. Uno de ellos es la traducción de la Biblia de Martín Lutero al alemán. Ciertamente ha habido traducciones de la Biblia anteriores a la suya (después de 1466 ya existían catorce traducciones al alto alemán y después de 1480, tres versiones al bajo alemán). Pero esas traducciones se basaron en la Vulgata latina y no en los textos originales en hebreo y griego. Estos últimos se hicieron accesibles gracias a la hazaña filológica verdaderamente única de Erasmo de Rotterdam, quien en 1516 publicó el texto griego original del Nuevo Testamento. Este texto sirvió como fuente a Martín Lutero, quien comenzó a traducir algunos Salmos en 1517. En 1522 se publicó la primera versión del Nuevo Testamento en alemán; en 1523 se imprimió el Antiguo Testamento y finalmente, en 1534, tras un gran esfuerzo filológico, se completó toda la obra. Así, Martín Lutero realizó una obra de gran importancia porque, por decirlo así, primero tuvo que crear el lenguaje que necesitaba para su Biblia alemana.

Logró combinar la exactitud objetiva con la riqueza religiosa interna y el habla popular. Lutero deseaba sobre todo que fuera comprensible para la gente común. “Hay que preguntarle a la madre en su casa, a los niños en las callecitas vecinas, al hombre común en la plaza del mercado y mirarles la boca para ver cómo hablan, y luego interpretarlos en base a eso. pueden entendernos y darse cuenta de que uno les está hablando en alemán». Estas son las propias palabras de Lutero (Sendbrief von Dolmetschen = Message on Interpreting, 1530). Le gustaba expresarse de una manera muy gráfica. Por un lado, estaba familiarizado con el lenguaje religioso de la mística y el ritmo del estilo humanista y, por otro lado, encontró en el lenguaje escrito y jurídico del territorio centro-oriental alemán la fonética más comprensible en la época. Alemania, que estaba dividida en múltiples dialectos. De todos modos, su notable talento lingüístico y su profunda comprensión del lenguaje hablado vivo que nace de forma natural, tiene un rico contenido psicológico y llega directamente al corazón del lector, tuvo una enorme influencia en el éxito de su obra. Así, su íntima unión con el pueblo, su profundo sentimiento religioso, su instinto para la palabra precisa y la sugerente fuerza de expresión dieron origen a este lenguaje bíblico de Martín Lutero que se convirtió en la base del alto alemán moderno.

El caso de la traducción al inglés de las Sagradas Escrituras conocida como «King James Version» es muy similar. Aunque no fue el primer libro en inglés propiamente dicho porque ese honor está reservado para los Cuentos de Canterbury de Chaucer, la traducción de la Biblia fue ordenada en 1611 por King James a los mejores eruditos ingleses, quienes también tradujeron directamente de los originales griegos y hebreos.

Otro ejemplo notable de una traducción correcta y también hermosa desde el punto de vista literario es la traducción de las obras de Shakespeare al alemán realizada por AW Schlegel y Ludwig Tieck durante el siglo XIX. Según los expertos alemanes, esta versión es aún más hermosa que la original en inglés.

Cuando se trabaja en la traducción de libros clásicos, de los que nos separan uno o más siglos en el tiempo, es habitual tener que enfrentarse a algunos problemas a la hora de adaptar dichas obras a nuestro tiempo presente. Así, por ejemplo, al traducir el Werther de Goethe al español, tuve que resolver un dilema: ¿Tenía que usar en español un idioma más cercano a los tiempos en que se escribió la historia alemana o era más conveniente expresar sus pensamientos? en un español moderno? Después de pensarlo detenidamente, decidí centrarme en los lectores a los que se pretendía llegar con este libro. En este caso particular se trataba de una edición económica, pensada para una amplia difusión y, por tanto, un lenguaje un tanto arcaico podría haber sido demasiado difícil de entender para un gran número de lectores. Así, decidí no utilizar un lenguaje refinado y muy académico, sino un lenguaje moderno muy correcto, pero en modo alguno coloquial.

Como conclusión podemos ver que la traducción es un arte y una profesión exigente, no solo una ocupación banal accesible a cualquiera que crea que puede traducir simplemente porque lee un idioma extranjero con fluidez. No es casualidad que los traductores realmente buenos hayan sido muy pocos en la historia de la humanidad.

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